lunes, 21 de julio de 2008

JUAN LAURENTINO ORTIZ


(1896 - 1978)


"Ella"

Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...


Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su
perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito...


Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...


Mas es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo y la última esencia
con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones y
los latidos
para el encuentro en los abismos...


Mas tiene cargo de almas, y es la comunicación,
el traspaso del ser, "como se da una flor", en el nivel de los
niños,
más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma...


Y no busca nunca, no, ella...
espera, espera toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche...



"Sí, mis amigos, allí en esos rostros"


Sí, mis amigos, allí en esos rostros está el rostro.

El rostro que en la noche, en medio de la tempestad, entre relámpagos,

en medio del martirio, con la sonrisa última muchas veces,

algunos entrevieron y saludaron como un alba.

La poesía también fue, la poesía también es, un llamado en la noche,

tímido o firme, pero un llamado hacia ese rostro.

Acaso la belleza esté allí. Estamos seguros de que la belleza está allí.

En ese resplandor que casi vuelve imprecisos los rasgos.

Sin velos. Como la luz de las aguas y de las flores en un puro mediodía.


O como la del corazón que ha encontrado su centro.

Y las manos; ah, las manos que sufrieron las cadenas y sangraron, las manos,

son aquellas, sí, aquellas que allá tejen la guirnalda del sueño

a lo largo de la tierra en la casa común.

Veis los dedos ahora finos afiebrados en torno a de los tallos y de los pétalos,

y de los pulsos precisos, y sobre las “páginas que defienden su blancura”,

y sobre los silencios, tantos silencios, que luego han de cantar?

Veis el gesto abierto hacia la colina que despierta como una novia o como una hija?

Veis el gesto desvelado sobre el paisaje de las infinitas respuestas

en la escala toda, relativa del vértigo?

Pero veis sobre todo, pero sentís sobre todo,

que por las manos ahora fluye, recién fluye, la corriente,

la clara, la profunda corriente en que la criatura puede mirarse de veras y ver el infinito?


Sí, mis amigos, allí en esos rostros está el rostro.

La belleza está allí, nuestra belleza.




"Nada más que esta luz"

Nada más que esta luz, otoño.

Nada más que esta luz.

El éxtasis, el éxtasis,

entre el cielo y la tierra, suspendido,

mejor: que se abre y se dilata como un alma

profunda pero de una

claridad delicada de serenos

pensamientos sensibles.

Nada más que esta luz, otoño,

otoño, nada más que esta luz

que penetra sutil

las cosas

pero queda

alrededor de ellas, como temblando,

sensitiva y casi pudorosa.

Nada más que esta luz, otoño.

¿Es de todos esta luz?

La calle humilde está

traspasada, y como elevada,

ligera,

en esta dicha etérea.

Pero a todos llegas, otoño,

a todos llegas en esta tarde

en que hay manos translúcidas y eternas

que hacen signos tiernos en el aire?



Juan L. Ortiz